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EUROPA NO PUEDE VIVIR DE ESPALDAS AL DESCONTENTO

La pregunta ya no es si la AfD puede ganar elecciones al Reichstag: puede hacerlo. La verdadera pregunta es qué harán las fuerzas democráticas con ese resultado

CARLOS URIARTE SÁNCHEZ es presidente de Paneuropa España y profesor de Derecho en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)

La victoria de la AfD, a las puertas de la mayoría absoluta, pone a prueba el cordón sanitario alemán y muestra que aislar a la extrema derecha puede ser útil, pero no basta. El resultado plantea una duda que va más allá de Alemania: cómo responder al descontento y recuperar la fe en las fuerzas democráticas sin renunciar a los valores constitucionales ni al proyecto europeo. Las urnas dejan una imagen difícil de ignorar. La AfD ha obtenido el 43,8 por ciento de los votos y 39 de los 83 escaños. La mayoría absoluta se sitúa en 42: le faltaron apenas tres escaños. La participación, del 77,8 por ciento, fue muy alta. Es un triunfo grande para la AfD, pero a la vez incompleto. Este partido domina el nuevo Parlamento regional, pero no tiene los votos que hacen falta para gobernar en solitario. CDU, SPD, Verdes y Die Linke rechazan cooperar con ella. El BSW, con cinco escaños, es el único que no cierra esa puerta. La paradoja es clara: un partido que roza el 44 por ciento puede dominar un legislativo y no poder formar gobierno. Aquí surge un rasgo clave del sistema alemán: ganar no equivale a gobernar. La legitimidad electoral es vital, pero también lo es tejer una mayoría capaz de sostener el Gobierno.

El resultado es un duro golpe para la CDU, fuerza central en el ‘land’ durante varias décadas. Su caída tiene alcance federal pues es el partido del canciller, Friedrich Merz. La duda real no es solo quién ganó las elecciones, sino qué harán ahora, de verdad, las fuerzas democráticas frente a ello. El Brandmauer, el muro ante la extrema derecha, vuelve al centro del debate alemán. Cuando un partido obtiene casi uno de cada dos votos, ningún muro puede sustituir a una alternativa capaz de convencer a los votantes.

Fundada en 2013 como partido euroescéptico centrado en la oposición al euro, la AfD viró su perfil durante la crisis migratoria de 2015, con Angela Merkel en la Cancillería, y ha ahondado desde entonces en posiciones nacionalistas y de extrema derecha. Su discurso mezcla una oposición frontal a la inmigración, un fuerte euroescepticismo y una postura favorable a Rusia. En Sajonia-Anhalt ha pedido levantar las sanciones a Moscú y acabar con la ayuda alemana a Ucrania.

Alemania sigue siendo un pilar clave de la Unión. Un giro en su postura sobre Ucrania o la integración europea tendría efectos más allá de un ‘land’. Pero sería insuficiente explicar el ascenso de la AfD solo por sus posturas internacionales. Su éxito responde también a su capacidad de canalizar un malestar más amplio con los partidos tradicionales.

Sajonia-Anhalt es antigua Alemania Oriental, marcada por las secuelas de la reunificación: pérdida de población, envejecimiento y brechas sin cerrar con el oeste. Durante años, Die Linke canalizó buena parte del voto de protesta; hoy la AfD ocupa ese espacio. Sería un error reducirlo a la nostalgia por la República Democrática Alemana (RDA): el voto de protesta mezcla economía, inmigración, identidad y desconfianza institucional. El crecimiento de la extrema derecha no se explica solo por sus argumentos, sino también por la incapacidad de sus rivales para responder al malestar social. La pregunta es incómoda: ¿basta explicar por qué la AfD no debe gobernar, o hay que explicar también por qué las alternativas ofrecen algo mejor?

El Brandmauer tiene lógica: los partidos pueden fijar límites frente a una fuerza cuyas posiciones consideran incompatibles con sus principios. Pero un cordón no puede ser toda la estrategia. Si excluir a la AfD no viene con una respuesta eficaz a las causas de su auge, el problema persistirá. No se trata de copiar sus posturas, sino de demostrar que las fuerzas democráticas ofrecen respuestas mejores. El reto es doble y no es sencillo: preservar el orden constitucional y, a la vez, recuperar la confianza de quienes ya no se sienten representados.

Sajonia-Anhalt no decide la política europea de Alemania: una región no puede abandonar la Unión Europea, el euro o el acuerdo de Schengen. Pero sería ingenuo pensar que carecen de importancia para Europa. Alemania pesa mucho en política económica, seguridad, energía, inmigración y en la respuesta europea a la larga guerra de Rusia contra Ucrania.

Estas elecciones deben evitar una conclusión equivocada: defender Europa no es defender el ‘statu quo’. La Unión afronta la guerra en Ucrania, la pugna entre Estados Unidos y China, la transición energética y la presión migratoria, mientras muchos sienten incertidumbre económica. La respuesta europeísta debe ofrecer un horizonte político. Europa necesita proteger, prosperar y decidir, y para ello debe recuperar la confianza de sus ciudadanos y de sus pueblos.

Las elecciones de este ‘land’ ha situado a Alemania ante el espejo. Sajonia-Anhalt no determinará por sí sola el futuro de Alemania ni de Europa, pero en este momento constituye una advertencia política, un aviso, de primer orden. La AfD ha demostrado que puede ganar elecciones por amplio margen y quedarse a las puertas de la mayoría absoluta. La CDU ha sufrido un fuerte retroceso, y la alta participación demuestra el interés ciudadano por el rumbo de la región.

La pregunta ya no es si la formación liderada por Alice Weidel puede ganar elecciones al Reichstag: puede hacerlo. La verdadera cuestión es qué harán las fuerzas democráticas con ese resultado. En esta coyuntura, el desafío es preservar los principios constitucionales sin confundir estabilidad con inmovilismo; defender la democracia sin ignorar el malestar que alimenta a sus adversarios; y ofrecer a los ciudadanos algo más que el rechazo a la extrema derecha: un proyecto político capaz de ilusionar de verdad a los alemanes.

LA TERCERA

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