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El espejo moral de la guerra de Irán

ANDREA RIZZI

Las guerras son, siempre, espejos morales. La guerra ilegal lanzada por Estados Unidos e Israel contra el infame régimen iraní no es una excepción. Basta con fijarse sin anteojos de intereses espurios para ver retratos elocuentes. Algunos con espalda recta, muchos con patéticas contorsiones o en posturas de arrodillamiento político.

Empecemos desde España. El Gobierno español ha rechazado correctamente un ataque que es contrario al derecho internacional porque no está amparado ni por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU ni por el presupuesto de legítima defensa. Sobre esa premisa ha correctamente denegado a EE UU el uso de sus bases de la OTAN para sostener ese ataque. Igual de adecuadamente, ha decidido proporcionar apoyo a la defensa de socios que se ven en peligro por las respuestas indiscriminadas y descoyuntadas del criminal régimen opresor iraní. Sin duda ese posicionamiento sirve bien a los intereses electorales del PSOE. Sin duda también, es moral y legalmente correcto.

Ante todo esto, toca asistir al sonrojante contorsionismo de adversarios políticos y mediáticos del Gobierno que —denotando un punto de desesperación— intentan descalificar esa posición con argumentos retorcidos. No, enviar un buque para contribuir a la defensa de Chipre no es entrar en guerra. No, la activación de baterías Patriot ya desplegadas en Turquía para intercepción de misiles tampoco lo es. El partido que apoyó la invasión ilegal de Irak vuelve a retratarse. Periodistas militantes del antisanchismo, también.

Ambos tienen abundantes motivos para la sólida crítica al Gobierno. Cabe notar que la coherencia del Ejecutivo con ciertos valores se quiebra al cruzar las fronteras de Marruecos y el Sahara Occidental, linde en el que empiezan a predominar los intereses sobre los valores, y la espalda ya no se aprecia tan recta. En el interior, más motivos aún, desde una amnistía que se prometió a la ciudadanía que no se concedería y se calificó de no constitucional para dar luego marcha atrás cuando convino al interés partidista. Fíjense en eso, no en una inmoral crítica de la justa posición sobre Irán o sobre Gaza. La frustración nubla la mirada de muchos.

En el resto de Europa abundan otros retratos de interés. De entrada, el del canciller alemán Friedrich Merz, quien primero se distinguió por decir que “las clasificaciones de derecho internacional aportan poco” en esta situación, y después, sentado en el Despacho Oval, se lavó las manos cuando Trump cargó contra España con el matonismo que le caracteriza. Es notorio que no oponerse a los matones es una forma de complicidad que es lo que permite el abuso.

Interesante también es el retrato de Giorgia Meloni. Primero se quedó escondida durante varios días, incómoda entre su deseo de ser socia privilegiada de Trump y el espanto que el presidente de EE UU provoca entre italianos de toda inclinación política. Finalmente, salió a dar la cara; y la posición de su Gobierno, aunque no igual, no está lejos en la sustancia de la del español.

La República Islámica es un régimen espantoso y opresor. Cuanto antes se vaya por el desagüe de la historia, mejor. Pero cargarse a bombazos regímenes que no gustan es ilegal y sienta antecedentes peligrosos.

Oponerse a EE UU tiene riesgos y en la medida de lo posible, hay que evitarlo. Pero la medida de lo posible no puede incluir la humillación, la abdicación de los principios fundamentales. Se puede elegir el honor. Algunos eligen el deshonor pensando que se ahorran problemas, pero tendrán deshonor y problemas, porque apaciguar a los matones puede garantizarles un día de tranquilidad, pero no resuelve nada.

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