El retorno del Rey
España le debe más de lo que algunos están dispuestos a admitir. Y quizá por eso molesta tanto recordarlo
ALFONSO J. USSÍA
VAN cinco años desde que mira al noroeste con desgana. Como un atardecer que no acaba de irse. Viene con la cabeza agachada. Con lo alto que era. Lo hace y se va. De nuevo. Pero quiere volver a Zarzuela, donde fue su casa, en este otoño que falta. Salen a la calle criminales por votantes, se sostiene el bucle con pactos imposibles; todo se rompe. Como la memoria, que no quiere recordar. O no puede. Se impone un criterio político en una condena que no tiene pase.
Hay una capa de cinismo que cubre, con un velo hipócrita, a la opinión pública. Todo se dice susurrando. Como si fuéramos culpables y nos diera miedo hablar en voz alta. Toleramos que asesinos salgan a la calle antes de tiempo mientras miramos con el ceño fruncido la conducta de un Rey que puso en jaque un golpe de Estado, y devolvió al «pueblo» –esa palabra tan manoseada– la posibilidad de decidir su destino. Desbrozó caminos por todas partes, tarde a tarde, sueño a sueño, en una España que tenía más preguntas que certezas, pero también más esperanza que miedo. Pero el tiempo ha desordenado todo lo que nos ha traído hasta aquí. Siempre hemos sido canallas con el pasado.
Hoy intenta regresar a un país distinto del que dejó. Uno que no tiene muy claro qué hacer con su propia historia. Un país que juzga con dureza selectiva, pero olvida con una rapidez interesada. Hoy vence cambiar de relato, tirar otra piedra, pactar otro cacho. Su vuelta, a su casa, nos coloca frente a un espejo incómodo que nos señala por ser también un poco hijos de puta. Nos han acostumbrado a reescribir el pasado según las necesidades del presente. Y nosotros lo hemos permitido.
Él sigue esperando mientras un país entero continúa sin decidir si quiere recordarle, perdonarle o simplemente olvidar que alguna vez fue imprescindible. Porque todos cometemos errores. También un Rey. Sin embargo, no rendimos las mismas cuentas a unos que a otros. Mientras, todo sigue girando en torno a mucha polémica. El país se descompone en raíles, carreteras, presas, concordia, justicia y, sobre todo, memoria. Siempre es la memoria. La que nos perturba, la que nos sonroja, la que nos hace mirar hacia otro lado mientras Él sigue esperando a que nos demos cuenta. Antes de que sea demasiado tarde y nos vuelva a pasar.
El retorno del Rey no es una opción. Es un deber. Y conviene decirlo sin temblores, sin ese rubor impostado que tanto gusta ahora. Fue decisivo cuando tocaba serlo. Supo estar cuando otros se escondían o directamente no estaban. Y acertó en lo esencial, que es lo único importante cuando el país se tambalea. No fue perfecto, pero díganme quién lo es. Sostuvo la balanza cuando todo estuvo cerca de partirse en dos. Y eso no se borra por mucho que moleste a quienes dominan el relato en los medios y en los titulares de plató. España le debe más de lo que algunos están dispuestos a admitir. Y quizá por eso molesta tanto recordarlo.
OPINIÓN
es-es
2026-02-16T08:00:00.0000000Z
2026-02-16T08:00:00.0000000Z
https://lectura.kioskoymas.com/article/281638196661869
Vocento