Sermonéame
LOLA PONS Lola Pons Rodríguez es historiadora de la lengua y catedrática de la Universidad de Sevilla.
Aquí me tienen empezando a escribir mi texto del sábado sentada en un vagón del metro de Madrid, apoyada en un panel que hace que el predicador que entró en el vagón hace un segundo y empezó a hablarnos apenas pueda verme. De pie, desglosa un versículo bíblico. Incurable obsesa con todo lo que concierne a la lengua y a sus variedades, estudio su pronunciación. La prédica revela que es mexicano. En las consonantes, aplica una tensión al articular que hace diamantina la dicción; en las vocales, da ejemplos de un rasgo bautizado poéticamente por la dialectología como vocal caediza. Sin cambiar la acentuación de la palabra, dice de forma tan tenue la final que solo suenan las meras consonantes: “Ants de que caigamos, hay redención para penitents y pecadors”. Su gramática perfecciona mi retrato dialectal: “Mira qué tan bueno es para ti”.
En el vagón hay quien lo mira y quien lo ignora. El dominico medieval san Vicente Ferrer, gran autor de sermones, criticaba aquellos textos que “van a las orejas, mas non llegan al coraçón”. Tenaz, él sigue exhortándonos. Sigo atenta a sus recursos retóricos: le encantan las antítesis y los paralelismos (“no disfrutarás victoria ni ganarás batalla”); hace lo esperable en cualquier ejercicio de oratoria según lo consignado en los libros clásicos. La prédica de los evangélicos en el metro es reciente, pero es antiquísima la práctica de declamar sobre temas impuestos. Asentada tradición romana, desapareció de los foros públicos en los primeros siglos del cristianismo, pervivió en las escuelas e influyó en la retórica eclesiástica. Desde la Antigüedad hemos sido históricamente sermoneados; las doctrinas variaron, pero no el armario de recursos.
El tren efectúa una parada. No es la mía, tampoco la de él. Me fijo en su tono de voz: elevado en las hipérboles (“¡escala montañas, no dos escalones!”), tenue cuando evoca ternura. Alguien resopla, cansado de oírlo. Hace unos días, en la Asamblea de Madrid se debatió si los predicadores del metro son una perturbación para los usuarios del transporte público. Un diputado autonómico llamó “turra sectaria” a esta
epráctica. Que nos canse la oratoria sagrada no es nuevo: en la lengua española, la palabra sermón se usa para aludir a cualquier amonestación insistente, igual que una prédica vale lo mismo que una perorata. Pero una cosa es cansar y otra, merecer castigo: tengamos cuidado de no introducir el pie en la regulación de la neutralidad religiosa en el espacio público porque puede ocurrir que los controles dirigidos hoy a unos predicadores mañana dejen en el andén de la censura a otros credos o ideales.
Un nuevo pasajero se sienta, reproduce sin auriculares un vídeo. El sermón se mezcla con la estridencia de la música electrónica, que se acompasa mal con la predicación, pero ninguna de las dos fuentes sonoras aminora su volumen. En una
Que nos canse la oratoria sagrada no es nuevo, pero es mejor que la prédica política de algo en lo que no se cree
hipotética batalla entre palabra y música, decido que apuesto por la palabra y confío en que el orador no se arredre. Creo que Tomás Luis de Victoria por la parte católica o Johann Sebastian Bach por la luterana captarían más fieles que este predicador, pero como no es práctico que en el vagón entre un coro, trato de aislarme del eco musical del móvil.
Estoy en Madrid por trabajo. Desde que amaneció, no he hablado con nadie. La primera voz humana que escucho hoy es la de este evangélico mexicano. No es el gran Paravicino, como no lo fueron los predicadores que durante siglos catequizaron en español, pero los de antes trabajaban con una ventaja: vivían en un mundo volcado hacia la oralidad con narraciones, romances, pregoneros, teatro litúrgico… El sermón era hermano de otras formas públicas de palabra dicha. Hoy quedan pocos espacios con auditorio atento, y este predicador (que sí, sigue hablando) es percibido en la misma categoría que el vendedor de pañuelos.
Tampoco nosotros somos los oyentes de antes. La industrialización ha instituido el desplazamiento al trabajo como un acto introspectivo y silencioso, mientras que en el antiguo sermón era normal la réplica. Una de las primas de García Lorca contaba que a Federico de niño le gustaba jugar a los púlpitos, y que obligaba a las mujeres de la familia a fingir un llanto desconsolado al terminar su predicación.
Trato de no hacer contacto visual mientras voy recogiendo mis cosas. Y decido que voy a contar aquí que, antes de la prensa y de las novelas, el sermón fue un medio de difusión masiva y constante de léxico culto y estructuras complejas. Sé que en el mismo bastidor verbal que contuvo en el siglo XVI la doctrina de Trento hoy se bordan sobre todo remiendos de autoayuda, pero este heredero mexicano del viejo ars praedicandi conserva la noble pretensión humana de ordenar el mundo mediante la palabra. No se puede llamar éxodo a mi salida del vagón, génesis de este texto subterráneo. Me pongo los auriculares, en la radio alguien defiende vociferante la sobrehumana virtud civil de un compañero de partido puesto en duda por una investigación. La traslación de la estructura del sermón a la política recibió el nombre de ars arengandi. En cuanto a oratoria pública, prefiero a quien cree en lo que no ha visto y lo predica que a quien me sermonea con impostada convicción sobre algo en lo que no cree.
OPINION
es-es
2026-05-23T07:00:00.0000000Z
2026-05-23T07:00:00.0000000Z
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Prisa media SAU