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Conocimiento y templanza al estilo Sorrentino

JAVIER OCAÑA

LA GRAZIA

Dirección: Paolo Sorrentino. Intérpretes: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Milvia Marigliano. Drama. Italia, 2025. 133 minutos.

Los mayores ignorantes no son los que nada saben. Ni siquiera los que nada saben y nada quieren aprender. Los mayores ignorantes son los que nada saben, nada quieren aprender y, además, presumen de ello con ridículo orgullo de su necedad. Por eso, en un momento en que parte de la ciudadanía y de los dirigentes de medio mundo parece apuntarse al carro del engreimiento de su incultura (en todos los sentidos de la vida), Paolo Sorrentino llega con La grazia, su última película, a pintarles la cara con un doble elogio: un elogio del conocimiento y, al mismo tiempo, y pese a ello, un elogio de la duda. Porque hasta los más cultos, inteligentes y sabios saben del peligro de las certezas sin vacilaciones, incertidumbres ni reflexiones ante determinados aspectos de la existencia y de la condición humana. Y el director italiano, con su habitual binomio formado por el humor y la solemnidad, por el existencialismo y la comicidad, ha compuesto una película portentosa en torno a una figura ficticia: un presidente de la república italiana, veterano y prestigioso jurista, que a falta de seis meses para el fin de su mandato debe enfrentarse a una triple decisión.

Sorrentino, 11 películas sin fallo en 25 años de carrera, efectividad de infalible lanzador de penaltis, tan futbolero él, articula La grazia con una pregunta esencial: “¿A quién pertenecen nuestros días?”. Cuestión que en la mayoría de los casos podría pensarse que provoca una respuesta fácil, pero que en la historia original pergeñada por el director de La gran belleza nunca es cómodamente resoluble. La primera de las tres decisiones que el mandatario

Toni Servillo es un prodigio de tempo, gesto, hondura, elegancia y comicidad

El político sopesa si firmar una ley de eutanasia aprobada por el Parlamento

italiano tiene sobre la mesa es su imprescindible firma para la entrada en vigor de una ley de eutanasia aprobada por el Parlamento. El estreno español llega así en un momento álgido de la cuestión tanto en nuestro país como en Italia, donde no existe esa normativa, la eutanasia no es legal y los jueces van sentenciando puntualmente los casos de suicidio asistido, creando jurisprudencia.

Las otras dos decisiones tienen que ver con sendos indultos, uno de ellos relacionado con una mujer que se rebeló contra la violencia de género, y otro con un crimen por piedad. Ahora bien, que nadie espere una obra de cine social al uso. Ni una película política de trinchera. Sorrentino es, en el fondo, un filósofo de la cotidianidad, y en la forma, un artista de la insolencia. Y aquí la presencia del rap y la electrónica podría ser el paradigma de lo que el director ya había armado musical y visualmente con otros dos gobernantes (aquellos sí, reales): Giulio Andreotti y Silvio Berlusconi. Los tres interpretados por el mayúsculo Toni Servillo, un prodigio de tempo, gesto, temple, hondura, elegancia y comicidad. Y al que esta vez acompañan un grupo de maravillosos secundarios.

Como suele ocurrir en la obra del director napolitano, de 55 años, hay frases para enmarcar. Pero la calidad y la sorpresa de sus réplicas y contrarréplicas van esta vez encuadradas en una película que, aunque sea puro Sorrentino, es menos barroca, más concreta e íntima. Quizá por la moderación que impone su personaje protagonista.

La decadencia, la soledad y la relevancia de la memoria, temas habituales en la filmografía de Sorrentino, aparecen una vez más, pero ahora son el conocimiento, la templanza, el perdón y la duda las cuestiones centrales de una película estimulante que se mete muy adentro. Y las claves para resolver la gran pregunta: “¿A quién pertenecen nuestros días?”.

CULTURA | CINE

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2026-04-01T07:00:00.0000000Z

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