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“Trump aún rabia porque la clase cultural neoyorquina le considera un hortera”

La autora reedita las columnas que publicó en este periódico entre 2006 y 2011

SERGIO C. FANJUL

“Recupero historias en las que ya se presiente lo que estaba por venir”

“La izquierda debería volver a hacerse dueña legítima de la palabra ‘libertad”

Fueron años que cambiaron el mundo, cuando se plantó la semilla de la policrisis contemporánea; también tiempos muy particulares en la vida de Elvira Lindo, en los que habitaba en las dos orillas del Atlántico: medio año en Nueva York y el otro medio en Madrid.

Así, entre 2006 y 2011, la escritora gaditana de 64 años firmó en este periódico una columna semanal que ahora califica como “textos de ida y vuelta”, que funcionan a modo de crónica de la época pero también como un “diario involuntario”. Venía de hacer en el tan

Manolito Gafotas añorado suplemento en El Pequeño País, de escribir columnas en la sección de Madrid o de practicar el humor en su Tinto de verano de la revista estival. Entonces tenía suficientes líneas por delante para ofrecer textos más narrativos y fijarse en lo que más le gusta: las personas. “Siempre trato de que haya gente en las columnas, una historia: mi opinión por sí sola no es valiosa”, dice. Lo tituló Don de gentes. Ahora se reedita en Seix Barral (había una edición previa en Alfaguara) una selección de aquellos textos.

Pregunta. ¿Cómo ve aquellas columnas años después?

Respuesta. Siempre entras en crisis cuando lees algo que has escrito hace tiempo. Pero al recuperar estos textos me sentí satisfecha: tienen humor, hay espacio para narrar, son pequeñas historias en las que creo que ya se presiente lo que estaba por venir.

P. ¿Pero se reconoce usted en aquella escritora?

R. En Nueva York aprendí a ser independiente y libre. A estar sola. A observar con una mirada limpia de prejuicios. En general me reconozco, aunque he quitado aquellos textos en los que no me reconocía. Los que escribimos cada semana respondemos al mundo que tenemos delante, pero a veces uno puede cambiar de postura o ampliar la visión de ciertas realidades.

P. ¿Por ejemplo?

R. Estoy harta de esa calificación absoluta de la democracia americana como ejemplar, como si hubiera brotado de la pureza. Allí entendí cómo el racismo había ido mutando desde los tiempos del esclavismo. Fui más consciente de que, aunque la Constitución sostenga una supuesta igualdad, la realidad la desmiente. Recordaba esa descripción que solía hacer Philip Roth en su literatura de las afroamericanas como mujeres siempre enfurruñadas y pensaba: “¿Nunca se preguntó por qué?”. Sigo admirando su literatura, pero su visión estaba muy sesgada. Y eso ocurre con mucha frecuencia en ese país.

P. Experimentó usted algo así como el proceso de despertar propio de lo woke.

R. Aunque preferiría describirlo con una palabra en castellano, diría que sí. Allí tenía mucho sentido que hubiera una nueva rebelión antirracista y que a ese despertar se añadieran otros. Aunque entiendo lo woke en su sentido social, no en el de estar señalando constantemente la incorrección política. El punitivismo excesivo lacra la libertad, y la izquierda debería volver a hacerse dueña legítima de esa palabra que le ha sido arrebatada.

P. Surgieron muchas cosas entonces.

R. Sí, las cosas estaban cambiando. Obama llega a la presidencia, pero en algunas columnas ya empieza a aparecer Trump, que no es un ente único que aparece de pronto a joder la paz mundial, sino que es como una excrecencia de lo que había previamente.

P. Trump es curioso: genuinamente neoyorquino, la ciudad fue su campo de operaciones; pero ideológicamente opuesto al alma de la urbe. Ahora, por ejemplo, gobierna Zohran Mamdani.

R. Habla como los mafiosos de Nueva Jersey, es más parecido a

Los Soprano. Creo que arrastra la rabia de no haber sido aceptado por la clase cultural neoyorquina, que le consideraba un hortera. Con ese racismo, con ese sexismo, no le falta de nada. Pero reúne lo que es Nueva York, sofisticada por un lado, brutal por otro.

P. ¿En qué sentía que el mundo iba a cambiar?

R. La crisis financiera estaba muy presente cuando en España aún parecía que no se reconocía.

P. La “desaceleración acelerada” del presidente Zapatero.

R. Claro, es que dicho así… A mí me sorprendía esa burbuja. Luego llegó el 15-M y yo llamaba a mi hijo Miguel para que me contara qué estaba pasando. Nosotros teníamos conciencia de que la cosa era muy grave.

P. Algunas de sus columnas parecen formar parte de la tradición de autoras como Nora Ephron o Fran Lebowitz: la agudeza sobre la vida cotidiana en Nueva York. Aunque con el asombro de la que viene de fuera, claro.

R. Sí, Ephron está en su hábitat natural: ella asume que todo lo que cuenta es normal, yo lo puedo ver como algo disparatado, porque no tengo esa mirada genuinamente neoyorquina. Ephron, Lebowitz y añadiría Dorothy Parker, que es anterior y no tiene esa mirada femenina autoconsciente que tenemos las de después.

P. Se reivindica usted como una pionera del humor en las columnas escritas por mujeres.

R. Es que lo fui. Algunas de las columnas de Maruja Torres eran cómicas, pero no era una columna de comedia estrictamente. No se percibe la valentía que había que tener. Los hombres cuando nombran columnistas solo se nombran entre ellos. Que nos nombren también. Yo he sufrido todos los típicos ataques que puede sufrir una mujer, sobre todo si escribe en un medio de gran difusión.

P. Hay quien piensa que la opinión en los periódicos es lo más, otros que es periodismo de baratillo, o que sobreabunda.

R. Cuando empecé, la opinión era como el regalo que te daba el periódico después de la información pura y dura y del análisis de los expertos en cada asunto. La columna literaria creo que es un arte particular que puede dar alguien con otra mirada. Pero es cierto que, en general, hay mucha opinión por todas partes. Es que, además, es más barata.

P. El terror del columnista es no encontrar tema semanal.

R. El toro nos pilla a todos, y a veces me digo: ¿pero ya ha pasado otra semana? Por eso quizás a veces veo que están hechas sin mucho cuidado: yo creo que la columna tiene que atrapar al lector de principio a fin, si no lo hace es un fracaso. [Francisco] Umbral, que es el abuelo de los columnistas actuales, decía que para él escribir era como mear. Yo también tengo cierta facilidad.

P. ¿Es usted precavida o entrega en el último momento?

R. A veces me llega el último momento, pero trato de entregar con tiempo: sé que hay alguien esperando para editar el texto y que si entrego con margen me quieren más en la Redacción.

P. Las redes también rompieron el monopolio de la opinión profesional.

R. Hay algo saludable: la posibilidad de opinar sobre lo que otro ha escrito. Pero es que es todo muy reactivo. Ahora los medios sacan extractos de texto que, fuera de contexto, generan reacciones que no deberían.

P. Usted fue muy participativa, pero lo ha ido dejando.

R. Sí, no me gustaba ver a gente que admiraba sacar su lado más grosero. Durante un tiempo pensamos que las redes eran un espacio privado, pero son un espacio público, no un grupo de amigos.

P. Hoy comienzan los fastos del 50º aniversario de este periódico.

R. Me acuerdo mucho de mis padres, lectores desde el primer número. Tengo un vídeo grabado con un tomavistas, de mi madre leyendo EL PAÍS. Murió al año siguiente. Mi madre, un ama de casa, leyendo el periódico, informándose. Conservo las gafas con las que leía. Me conmueve pensar en aquella mujer.

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