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Tecnofascismo sin máscaras

Peter Thiel y Palantir desean un mundo mucho más detestable de lo que ya es, en el que una democracia vacía ampare su política de depredación. Y ello a cara descubierta

DANIEL REBOREDO Historiador y analista de política internacional

La vuelta al poder de Donald Trump y su indiscutible avenencia con las grandes empresas tecnológicas han dado lugar a una nueva fase del capitalismo neoliberal, la del ‘tecnofascismo’, también denominado ‘tecnofeudalismo’, término que designa y encarna la defensa a ultranza del autoritarismo político por gran parte del mundo tecnológico. Aunque su significado siga siendo incierto es evidente que, desde hace más de una década, las multinacionales digitales registran y superan récords de capitalización bursátil, y de ahí su control y dominio de la economía mundial.

Lejos quedan las promesas de autonomía e independencia vinculadas a la revolución digital, ya que la digitalización del mundo ha generado una nueva fase regresiva de la economía e incluso de la política mundial. Así lo manifiestan el regreso de los monopolios y el dominio de los mercados, y la dependencia de unas empresas que, además, crean normas y condiciones imponiendo sus criterios en los nuevos feudos digitales.

El lustre y la importancia de las plataformas digitales les da la capacidad de reordenar y reestructurar los mecanismos económicos dominantes y de controlar las infraestructuras esenciales de la vida social contemporánea, mermar las capacidades y prerrogativas de los Estados y desplazar el centro de gravedad del poder político y económico. Y todo ello sin que el tecnofascismo sea ni una ideología política identificable, ni una tendencia vinculada a alguna de ellas, sino más bien la contingencia de que un sistema asentado en la planificación, el cálculo automático y la gestión de los recursos dé lugar a formas autoritarias de gobierno político, amparándose en la racionalidad técnica y en la necesidad material.

En este escenario nos encontramos con que no es una predisposición inevitable de las sociedades industriales, sino más bien una nueva fase del capitalismo neoliberal impulsada por el capital tecno-digital y que no se presenta necesariamente como una ruptura brusca con la democracia liberal, ya que aspira a superarla. Conserva las apariencias del sistema democrático (símbolos, procedimientos y rituales) a la par que lo vacía de alma, naturaleza, soberanía y sustancia.

Y he aquí que nos encontramos con uno de sus mayores exponentes actuales, Peter Thiel, director de Palantir. Para este postulante a ‘teórico tecnofascista’ se trata sencillamente de convertir la soberanía política en una empresa comercial, sometiendo sus funciones a una lógica económica. No se trata de transferir competencias estatales a estos magnates tecnológicos sino de sustituir el sistema democrático por una ‘autoridad total’, la de su clase, perdiendo su autonomía relativa frente al capital. El rechazo de la democracia es una estrategia coherente, adaptada a un contexto en el que el dominio económico y sus instrumentos tecnológicos permiten organizar la sociedad sin pasar por las formas tradicionales de competencia política.

Los 22 puntos del Manifiesto de Palantir (empresa creada en 2003 como parte de las inversiones de un fondo de capital-riesgo asociado a agencias de Inteligencia, como la CIA, llamado In-Q-Tel), publicados en la red social X el 18 de abril de este año, recogen postulados defendidos desde hace tres lustros por uno de sus fundadores, el citado Peter Thiel, y proceden del libro ‘The Technological Republic’ (febrero de 2025) cuyos autores fueron el presidente de la empresa, Alex Karp, y su asesor jurídico, Nicholas Zamiska.

La empresa triunfadora en la guerra de Irán ha publicado un texto importante sobre el ocaso del neoliberalismo que manifiesta sin tapujos que el capitalismo de renta, para sobrevivir, debe controlar la renta suprema, el Estado, y que para ello necesita desacreditar su legitimidad democrática y sustituir la servidumbre libre y voluntaria de la democracia por una obediencia asustadiza y temerosa. El manifiesto implica que Palantir es un actor político y que la política ya no es prerrogativa de los ciudadanos sino que se convierte, a partir de ahora, en propiedad de las empresas, fundamentalmente de las tecnológicas. El capital tecnológico desea controlar el Estado para que sea una herramienta en sus manos y de este modo el capital se convierte en el Estado.

Para ello, Palantir intenta construir una nueva legitimidad política, procedente de la acumulación y de la seguridad de las tecnológicas y de la crítica de la propia legitimidad del sistema democrático. La democracia es el régimen de los débiles que mediante la moral y la transparencia dominan a los fuertes. Thiel, Palantir y los tecnofascistas desean un mundo mucho más detestable de lo que ya es, en el que la democracia sea menos que una palabra vacía que ampare una política de clase, de su único interés, de dominación y depredación, nacida, no nos olvidemos, del fracaso del capitalismo democrático y de la promesa neoliberal de prosperidad. Y todo ello sin filtro, sin máscaras y a cara descubierta.

OPINIÓN

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2026-05-14T07:00:00.0000000Z

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