Héroes contra el narco: «El riesgo es que te maten o mates tú»
Una guerra desigual en el mar. La muerte de dos guardias civiles en Huelva evidencia el peligro de las persecuciones y el cambio de rutas y métodos de los traficantes
JUAN CANO
Sólo los que han trabajado en el mar conocen ese peligro. La mezcla de adrenalina y el nudo en el estómago por volver esa noche a casa. Persecuciones a 110 kilómetros por hora, casi siempre a oscuras, zigzagueando entre el oleaje que provocan las propias embarcaciones o un temporal. Virajes a ciegas para cazar o dar esquinazo, según la cubierta en la que se tengan los pies y el uniforme que se vista. Fugas que a veces acaban mal. «El riesgo es ese, que te maten o mates tú. No hay otro camino». Quien habla es un compañero del capitán Jerónimo Jiménez y del agente Germán Pérez, los dos guardias civiles que se dejaron la vida el pasado 9 de mayo cuando trataban de interceptar una narcolancha en Huelva.
Esa mañana, dos embarcaciones del Servicio Marítimo de la Guardia Civil onubense ini
>ciaron la maniobra de abordaje de una ‘goma’ (el término con el que se las conoce en el argot policial) a unas 80 millas de la costa. Una de ellas era la patrullera de alta velocidad ‘Río Antas’, con una eslora de 18 metros y el casco de aluminio reforzado. La otra, una semirrígida, similar a las narcolanchas que usan los traficantes, ocupada por cuatro agentes, entre los que se encontraban Jerónimo y Germán. Por causas que permanecen bajo investigación, cuando estaban a punto de interceptar a los narcos, la ‘Río Antas’ forzó un viraje, y embistió a la embarcación en la que iban sus compañeros. En la madrugada del viernes otra narcolancha chocó contra una patrullera de Aduanas durante una persecución en Almería sin que se registraran heridos.
El riesgo existe y para los que trabajan en el mar es algo asumido y aceptado. «Pero jamás se puede hablar de accidente laboral», protesta uno de los guardias civiles entrevistados, en alusión a las desafortunadas palabras de la candidata socialista a la Junta de Andalucía María Jesús Montero. «Un accidente laboral –aclara– es resbalar en la oficina con el suelo mojado o torcerse un tobillo mientras se patrulla por la calle. Ir volando sobre el mar a 60 nudos para detener a delincuentes, que hacen todo lo posible para que no les pilles, es otra cosa. Es jugarse la vida».
– ¿Y entonces por qué lo hacéis?
– Es una cosa ilógica, se hace por pundonor. Pero no se debería hacer. Un barco de 5.000 o 6.000 kilos contra otro del mismo tamaño en un medio completamente inestable, como es el mar, dando virajes y con muchísimos factores interviniendo alrededor. El primero, que el narco no se va a entregar nunca, porque fugarse no es delito –como mucho, una desobediencia–, ya que queda subsumido dentro del tráfico de drogas. Así está la ley».
Los que conocen el trabajo en el mar lo definen como «horroroso». Un policía nacional con amplia experiencia en la lucha contra el narco lo atestigua: «No merece la pena trabajar en el agua o en la playa. Es una lucha tremendamente desigual que nunca vamos a ganar. Te juegas la vida para coger una goma que encima es la hostia de buena y no encuentras un ingeniero naval capaz de certificar que tiene las características para que podamos usarla contra ellos, es decir, para la represión del delito. No te lo firma porque no reúne los requisitos de seguridad. Y así es imposible. Si se quiere acabar con esto, hay que meter helicópteros del Ejército».
En los últimos años se ha producido un cambio de reglas e itinerarios en el narcotráfico. Y probablemente el de mayor calado sea la consolidación de la ruta africana. «Se viene escuchando desde hace años, pero sonaba a algo exótico, no sabíamos cuánto había de verdad. Ahora es una realidad mundial. Hemos pasado de los contenedores y los veleros a la atomización de los alijos, incluyendo las ‘gomas’», detalla el policía. La cocaína procedente de Sudamérica entra con más facilidad y menos vigilancia por los puertos de este continente y desde los países del Norte se distribuye, como el hachís, hacia España. Por eso ahora las narcolanchas tienen tres vidas: la primera, cuando son nuevas, para transportar la ‘dama blanca’; la segunda, cuando empiezan a desgastarse, para el cannabis; y la tercera, cuando ya son viejas, para el petaqueo (el suministro de combustible).
El desplome de los precios –el kilo de coca ha llegado a estar a 15.000 euros, la mitad de su coste habitual– ha provocado un aumento de la mercancía en circulación. Siguiendo la lógica de una empresa, tiene sentido: para mantener los beneficios hay que vender el doble. Y el riesgo en caso de que sea incautada disminuye y se vuelve «asumible». «Eso ha provocado que cualquier niñato empiece metiendo 600 kilos y se haga un hueco en el sector. Antes sólo movían la droga los grandes clanes. Ahora lo hace cualquiera», revela un guardia civil, que apostilla: «Y esto que está pasando a los grandes narcos no les interesa».
En consecuencia, cuando los agentes persiguen una narcolan
Policías antidroga hablan de una «mexicanización» del narco en España precisamente por el uso de armamento de guerra
«Si se quiere acabar con esto, hay que meter helicópteros del Ejército», reclama un agente
cha, rara vez pueden saber si lo que transporta es hachís –era lo habitual–, cocaína –esta es la principal novedad– o combustible para el repostaje de otras embarcaciones. Y el hecho de que las ‘gomas’ lleven coca también tiene algunas consecuencias. Para empezar, las organizaciones, que operan como auténticas empresas transnacionales, arriesgan mucho más dinero e imponen la figura del ‘notario’ a bordo, un miembro del clan que da fe de las maniobras de la tripulación y, llegado el caso, de la defensa por su parte del alijo. Y para terminar, la mercancía, por el valor millonario de lo que se transporta, se custodia con metralletas o subfusiles de asalto.
Policías antidroga hablan ya de una «mexicanización» del narco en España precisamente por el uso de armamento de guerra. «Eso es lo más preocupante», reflexiona uno de ellos. Todos recuerdan como un punto de inflexión el tiroteo de Isla Mayor (Sevilla), donde un grupo de
«Huelva es un lugar estratégico, con dos ríos a mano para poder entrar y playas más vírgenes y deshabitadas»
El viernes otra narcolancha embistió a una patrullera de Aduanas durante una persecución en Almería
traficantes armados con Kalashnikov abrieron fuego deliberadamente contra unos agentes que vigilaban, en el marco de una investigación, una ‘guardería’ (escondite) de droga y un posible desembarco procedente de Cádiz. Ocurrió en noviembre de 2025. Las balas alcanzaron a dos funcionarios. Uno resultó herido de gravedad tras recibir un disparo en el vientre y el otro se salvó gracias al chaleco, aunque el impacto del proyectil le rompió varias costillas. Los presuntos autores, viejos conocidos de la policía, fueron capturados dos meses después en Málaga, donde habían tratado de ocultarse con sus familias.
La presión sobre el Campo de Gibraltar y la Costa del Sol, donde se han puesto en marcha programas estratégicos (como el plan Carteia) para combatir a las mafias que controlan la droga, también ha contribuido al cambio de hábitat y a la consolidación de las nuevas rutas. «Huelva se ha convertido en un lugar estratégico. Les resulta más fácil alijar ahí porque tienen más opciones», explica un guardia civil con años de experiencia. «Esperan en alta mar y ahí deciden por dónde entrar, porque tienen dos ríos a mano, el Guadalquivir y el Guadiana, y un litoral con playas mucho más vírgenes y deshabitadas. No es lo mismo desembarcar ahí que en Marbella, que está llena de chiringuitos y restaurantes». Con un simple cambio de rumbo y una decisión en el último momento, en función de la vigilancia policial, «pueden meter la droga por tres provincias diferentes, Sevilla, Huelva o Cádiz».
Un policía nacional de una unidad antidroga asegura que estamos asistiendo a una «colonización del mundo rural» por parte del narcotráfico. «Los ríos se han convertido en una alternativa clara al Estrecho. Son mucho más difíciles de vigilar y de controlar, son navegables y tienen un montón de kilómetros llenos de recovecos que les permiten alijar en cualquier parte». Para los agentes, el mejor antídoto para ponerles coto es la coordinación, como ocurría con la unidad OCON-Sur, que el Ministerio del Interior desmanteló en 2022. Ahora, la investigación depende de los mandos de cada lugar, «y no hay una única unidad que controle y vigile los ríos, de manera que pueda decidir, por ejemplo, cuándo es necesario movilizar el helicóptero», según detalla un funcionario, que concluye: «Ahora se investiga a retales. Es una guerra y nosotros somos el ejército de Pancho Villa».
DOMINGO
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